martes, 7 de agosto de 2007

ISLA DE LOS SENTIMIENTOS


Isla de LOS sentimientos


Había una vez una isla donde habitaban todas las emociones y todos los sentimientos humanos que existían. Convivían por supuesto el temor, el odio, la sabiduría, el amor, la angustia, todos estaban ahí.
Un día el conocimiento reunió a los habitantes de la isla y les dijo:

- Tengo una mala noticia para darles: la isla se hunde.
Todas las emociones que vivían en la isla dijeron:
-¡No, cómo puede ser! ¡Si nosotros vivimos aquí desde siempre!
El Conocimiento repitió:
-La isla se hunde.
-'Pero no puede ser! ¡Quizás estás equivocado!
Yo nunca me equivoco-aclaró el Conocimiento-. Si les digo que se hunde, es porque se hunde.
-Pero ¿qué vamos a hacer ahora? - preguntaron los demás.
Entonces, el Conocimiento contestó:
- Bueno, hagan lo que quieran pero yo les sugiero que busquen la manera de dejar la isla... hagan un barco, un bote, una balsa, o algo para irse porque el que permanezca en la isla desaparecerá con ella.
-¿No podrías ayudarnos? -preguntaron todos, porque confiaban en su capacidad.
- NO -dijo el Conocimiento-. La Previsión y yo hemos construido un avión y en cuanto termine de decirles esto volaremos hasta la isla más cercana.
Las emociones dijeron:
-¡No! ¡Pero no! ¿y nosotros?
Dicho esto, el Conocimiento se subió al avión con su socia y llevando como polizón al Miedo, que como no es zonzo ya se había escondido en el avión, dejaron la isla.
Todas las emociones se dedicaron a construir un bote, un barco, un velero... todos... salvo el Amor.
Porque el Amor estaba tan relacionado con cada cosa de la isla que dijo:
-Dejar esta isla...después de todo lo que viví aquí... ¿Cómo podría yo dejar este arbolito, por ejemplo...? ahhhh... compartimos tantas cosas.
y mientras cada uno se dedicaba a construir una manera de irse, el Amor se subió a cada árbol, olió cada rosa, se fue hasta la playa y se revolcó en la arena como solía hacerlo en otros tiempos, tocó cada piedra... y quiso pensar con esta ingenuidad que tiene el Amor: Quizás se hunda un ratito y después...
Pero la isla...la isla se hundía cada vez más.
Sin embargo, el Amor no podía pensar en construir, porque estaba tan dolorido que sólo podía llorar y gemir por lo que perdería.
Y otra vez tocó las piedritas, y otra vez se arrastró en la arena y otra vez se mojó los piecitos.
- Después de tantas cosas que pasamos juntos...-le dijo a la isla.
Y la isla se hundió un poco más...
Hasta que, finalmente, de ella sólo quedó un pedacito. El resto había sido tapado por el agua.
Recién en ese momento el Amor se dio cuenta de que la isla se estaba hundiendo de verdad y comprendió que si no conseguía irse el amor desaparecería para siempre de la faz de la tierra. Así que entre charcos se dirigió a la bahía, que era la parte más alta de la isla. Fue con la esperanza de ver desde allí a alguno de sus compañeros y pedirles que lo llevaran.
Buscando en el mar vio venir el barco de la Riqueza y le hizo señas y la Riqueza se acercó un poquito a la bahía.
- Riqueza, vos que tenés un barco tan grande, ¿no me llevarías hasta la isla vecina?
Y la Riqueza le contestó:
- Estoy tan cargada de dinero, de joyas y de piedras preciosas que no tengo lugar para vos. Lo siento - y siguió su camino sin mirar atrás.
El Amor se quedó mirando y vió venir a la Vanidad en un barco hermoso, lleno de adornos, caireles, mármoles y florcitas de todos los colores que llamaba muchísimo la atención. EL Amor se estiró un poco y gritó:
- Vanidad... Vanidad... llevame con vos.
La Vanidad miró al Amor y le dijo:
- Me encantaría llevarte pero... tenés un aspecto... ¡estás tan desagradable, sucio y desaliñado... perdón, afearías mi barco!- y se fue.
Y cuando pensó que nadie más pasaría vio acercarse un barco muy pequeño, el último, el de la Tristeza.
- Tristeza, hermana -le dijo-, vos que me conocés tanto, vos sí me vas a llevar ¿verdad?
Y la Tristeza contestó:
Yo te llevaría, pero estoy tan triste que prefiero seguir sola -y sin decir más se alejó.
Y el Amor, pobrecito, se dio cuento de que por haberse quedado ligado a estas cosas que tanto amaba iba a hundirse en el mar hasta desaparecer.
Y el Amor se sentó en el último pedacito que quedaba de su isla a esperar el final... Cuando de pronto, escuchó que alguien lo chistaba:
- Chst-chst-chst...
Era un viejito que le hacía señas desde un bote de remos.
El Amor dijo:
- ¿A mí?
- Sí, sí -dijo el viejito-, a vos. Vení conmigo, yo te salvo.
El Amor lo miró y dijo:
- Mirá, lo que pasó fue que yo me quedé...
- Yo entiendo -dijo el viejito sin dejarlo terminar-, subite, yo te voy a salvar.
El Amor subió al bote y empezaron a remar para alejarse de la isla, que en efecto terminó de hundirse unos minutos después y desapareció para siempre.
Cuando llegaron a la otra isla, el Amor comprendió que seguía vivo, que iba a seguir existiendo gracias a este viejito, que sin decir una palabra se había ido tan misteriosamente como había aparecido.
Entonces, el Amor se cruzó con la Sabiduría y le dijo:
- Yo no lo conozco y él me salvó, ¿cómo puede ser? Todos los demás no comprendían que se quedara, el me ayudó y yo ni siquiera sé quién es...
La Sabiduría lo miró a los ojos y dijo:
- Él es el Tiempo, Amor, es el único que puede ayudarte cuando el dolor de una pérdida te hace creer que no podés seguir.